lunes, 18 de agosto de 2008

"EL MEDITERRÁNEO EN EL I MILENIO ANTES DE NUESTRA ERA" por Rosa Serrano Pozuelo


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“El Mediterráneo en el I milenio antes de Nuestra Era”
Rosa M. Serrano Pozuelo

EL MUNDO GRIEGO EN EL S. V a. C.

Desde comienzos del siglo V hasta mediados del IV, el mundo griego vio el apogeo del sistema político de la Ciudad y una producción artística y literaria incomparable.
Atenas es una ciudad que se afianza, durante los primeros años del siglo V, se desarrolla su preeminencia por el establecimiento de un régimen político original, su dinamismo en la lucha contra los persas y, finalmente, por una institución que obtendrá un éxito imprevisto: el teatro.
Con el desarrollo del poder de Atenas, su expansión hegemónica y el predominio de la Liga Ático-Délica, la Grecia Continental se encontraba dividida, en el S. V a. C., en dos bloques políticamente antagónicos:

· La Confederación del Peloponeso, encabezada por Esparta, con un sistema social y político aristocrático y oligárquico, que ya denotaba instituciones arcaizantes y sufrió ciertas vicisitudes a lo largo del S. V a. C., pero logró mantener su prestigio y dominio sobre las ciudades de su Confederación, siempre recelosas del poder ateniense.

· La Liga Ático-Délica, dirigida y dominada por Atenas, en su período de máximo esplendor. Supo imponer, de una u otra forma, su sistema de gobierno, la Democracia, en las ciudades donde irradió su hegemonía y su cultura. Su florecimiento comercial y su poderío naval, hizo que no sólo ésta se extendiera en el Egeo, y en el viejo mundo griego, sino que estos límites se ensancharon hacia el occidente mediterráneo.
Estas zonas, quizá por su escasa contribución a la Historia de la Grecia Antigua en este periodo, han sido muchas veces desconocidas.
En los territorios de Grecia continental poco conocidos: Noroeste (Arcania, Etolia y Epiro) y lugares montañosos de la Grecia central (Locrida, Fócida y Dórida), donde el urbanismo estaba menos extendido, al parecer sus “Poleis”, se desarrollaron a un ritmo diferente. Tal vez, en las mismas, el concepto de ciudadanía carecía de las connotaciones de otras comarcas griegas.
Estos poblados o comunidades más o menos urbanas, por lo general, no permanecieron aisladas sino que, ya desde épocas tempranas, se agruparon en organizaciones de tipo federal. Distinguiéndose dos tipos: Federación de Comunidades y Comunidades Federales; con la diferencia entre ellas, que éstas últimas no poseen una total independencia.
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SIGLO V a. C., EN EL MEDITERRÁNEO OCCIDENTAL.-
Extremo Occidental.

Las antiguas fundaciones en las costas de Galia y la Península Ibérica alcanzaron, por lo general en ésta época, una gran prosperidad. Ello pudo deberse, en parte, porque fueron lugar de refugio de griegos focenses, cuando los persas dominaron su territorio en las guerras médicas.
Fundaciones como Rodhe (Rodas) y sobre todo, Ampurias (Emporion) fueron florecientes centros comerciales, como lo demuestran los restos arqueológicos encontrados. Estos centros debieron ser escalas importantes en las vías comerciales griegas. Incluso, en el triángulo formado entre Marsella, Ampurias y Alería (Alalía, Córcega), los restos arqueológicos dan a conocer la existencia de intercambio de productos de comercio cartaginés, etruscos y griegos, por lo que se apuntado la posibilidad que llegarán a ser puertos francos.
Sicilia y Magna Grecia.

Ocupadas por los colonizadores griegos las costas de la mitad sur de la Península Itálica y las dos terceras partes de Sicilia, las ciudades griegas tuvieron que competir con cartagineses y etruscos en el comercio de esta zona del Mediterráneo, al tiempo que sus relaciones con el medio indígena resultaban complicadas y ofrecían grandes dificultades.
A pesar de tales escollos, las ciudades griegas, debido a la disponibilidad de tierras y, sobre todo, por las posibilidades de intercambio comercial, alcanzaron una notable prosperidad y con frecuencia rivalizaron entre sí y sus luchas fueron continuas, hasta el punto que en el año 511, la legendaria Síbaris sería destruida por Crotona.
Una importante característica de su peculiar evolución social y política es la multiplicación de las tiranías que surgían, por lo general, del seno mismo de la aristocracia, que siempre buscaba mayores poderes individuales y dinásticos; y aunque se llevaron a cabo medidas populares, sus planteamientos tuvieron un carácter oligárquico.
A principios del siglo V, las ciudades de la Magna Grecia, mantenían sus vínculos con las metrópolis, pero desarrollaron su propia historia y peculiares caracteres.
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ÁFRICA: CIRENE

Fundada a 600 m. de altura, al borde de la meseta líbica, según los datos de Heródoto, por tereos y rodios, recibió también en el siglo VI nuevos colonos procedentes del Peloponeso y de las islas dóricas. En esta zona se formó el territorio griego de Cirenaica.
Cirene era también una ciudad griega fundada entre un medio indígena, que mantuvo unas constantes relaciones culturales y económicas con el resto del mundo griego. Sin embargo, parece que Cirene no participó, al menos directamente, en ningún proceso histórico importante del mundo griego. Ello no impidió que hiciera irradiar esta cultura en su entorno geográfico. Aunque siempre estuvo a la defensiva ante los pastores libios.
El comienzo del siglo V a. C., Cirene fue gobernada por una realeza hereditaria:
la dinastía de los Battiadas, lo cual no había impedido el desarrollo paralelo de las instituciones cívicas, que cayeron en el 440, tras el reinado de Arecislao IV, conocido como Píndaro, que cantó sus victorias píticas. Bajo el reino de Bato IV, fue un período de gran prosperidad; atestiguada por los restos arqueológicos conservados, entre los que destaca el templo dórico dedicado a Apolo y el de Zeus Amón, éste último de grandes dimensiones, cuyo culto demuestra el sincretismo entre la cultura griega y egipcia, característica primordial de la ciudad de Cirene. Las instituciones políticas, demuestran también su doble vertiente griega y egipcia. Los santuarios se enriquecieron con ofrendas, las acuñaciones cobraron amplitud y la política exterior fue prudente: buena vecindad con los cartagineses y Egipto: el tributo parecía un símbolo liviano del control persa.
Cirene intentó controlar a las principales Ciudades griegas de la meseta; lo que parece que logró hacia el 480.
Su puerto Apolonia fue centro de mercancías entre el Mediterráneo y el interior africano, llegando a tener una gran actividad en esta época. Manteniendo una relación constante con los pueblos del interior, que explotaban su suelo. Una parte de sus recursos (madera y trigo) se exportaba, lo mismo que el silfio, planta medicinal que desapareció en época romana.
Conociendo las excelentes relaciones políticas y comerciales de Cirene con Cartago y Egipto, es muy probable que Cirene se convirtiera en un puerto neutral de esta parte del Mediterráneo.
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CULTURA GRIEGA EN EL S. V. a. C.

El desarrollo y el auge de la economía griega, junto con la progresiva evolución del pensamiento y las distintas manifestaciones culturales a lo largo del período arcaico, dieron lugar al momento de mayor esplendor y hegemonía de la civilización griega. Aunque este se manifiesta por todos los ámbitos geográficos del mundo griego, sin duda Atenas adquiere un claro protagonismo, tanto por su poder económico, como por su liderazgo político a la par que asciende a capital de la cultura y el pensamiento griego, cualidad que ya nunca perdería.
La peculiar situación histórica que vivieron los griegos de los siglos V y IV a. C. fueron sin duda decisivos para comprender esta eclosión cultural en sus distintas manifestaciones. Las grandes edificaciones, las magníficas esculturas, la literatura o los avances científicos siempre corren paralelamente a los avatares políticos científicos y son el fiel reflejo de las emociones y vivencias de la sociedad de la época.
La cultura griega posee una gran diferencia con el resto de las culturas antiguas: su preocupación por el hombre al que sitúa como centro de cualquiera de sus expresiones artísticas. Ello aparece con enorme nitidez en los siglos V y IV a. C.
En literatura, son tres las grandes manifestaciones literarias del siglo V a. C., entre las que destacan la poesía, tragedia y comedia.
La historiografía se inicia, en cierto modo, con Hecateo de Mileto, o al menos, puso los cimientos para el estudio de los acontecimientos pasados; pero será Heródoto de Halicarnaso, quien en el S. V a. C. inicie la ciencia histórica. Por ello, Cicerón le consideró merecedor del título de “Padre de la Historia”.
En los albores del siglo V a. C., el pensamiento filosófico continuaba orientado hacia la explicación del cosmos, los fenómenos del Universo y la situación del hombre en el mismo. Sobresalían diferentes escuelas en las zonas limítrofes del mundo griego: Magna Grecia y Asia Menor (Escuela de Elea, Pitagórica y de Mileto).
Una de las características más notables de la filosofía del siglo V a. C. fue la preocupación de la alterabilidad de las cosas y la apariencia de la realidad de las mismas, junto con la búsqueda de la explicación de todo ello a través de la experiencia y de la razón, llegándose a diferentes conclusiones.
Así, la escuela de Elea considera que el mundo de nuestra experiencia es una mera apariencia y por primera vez las teorías se hacen reductivas: sólo hay átomo y vacío y el mundo de nuestra experiencia es algo convencional, defendido por Parménides.
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En ésta época, pues, se busca la verdad pero se la discute y se temen los equívocos o los confusos argumentos como los “Dossoi logoi” o “Argumentos dobles” a favor y en contra de una misma teoría.
Así, a mediados del siglo V a. C. la ciencia filosófica sufrió una gran transformación. No era ya lo importante buscar la verdad y la naturaleza de las cosas, sino la demostración, la especulación del pensamiento y la elocuencia al transmitirlo.
El siglo V a. C. se considera como el arranque de la ciencia clásica griega.
Aunque no pueden negarse sus fundamentos de la época arcaica, a partir del periodo clásico, se especializan las diversas ciencias y la sistematización de los conceptos abstractos.
Con respecto a las artes plásticas, desde el año 480 a. C., el arte griego evoluciona a su clasicismo en una etapa de especiales circunstancias históricas, finalizando las Guerras Médicas, surgiendo la hegemonía de Atenas (Pentecontecía), que le confiere unos caracteres especiales.
A partir de este periodo el arte griego se “naturaliza”, aunque las formas naturales que adopta aparecen idealizadas y estilizadas, logrando superar las anteriores más convencionales del arcaísmo.
El artista griego busca en cualquiera de sus manifestaciones un ideal de estética, equilibrio y belleza. De ahí su inquietud hasta lograr unas correctas proporciones tanto en las obras arquitectónicas como en el resto de las manifestaciones artísticas.
Los edificios públicos, tanto civiles como religiosos eran una de las primordiales preocupaciones de los Estados griegos, debido, tal vez a que su edificación, decoración y dedicaciones conmemorativas demostraban la riqueza y la preocupación de este Estado por su pueblo.
Los templos, además de su significación religiosa eran, a su modo, depósito de riqueza (recordemos el tesoro del Partenón), amén de verdadero museo y custodio de los restos de la tradición y del pasado de la ciudad.
Entre el 470 y el 460 a. C. se edificaron importantes templos que anunciaban la arquitectura clásica griega.
Dentro del ámbito de la civilización griega, la religión ocupa un lugar preeminente y especialísimo, no sólo porque el carácter griego marca su sello indiscutible en la espiritualidad, sino porque la religión griega se encuentra presente en todas las manifestaciones de su propia cultura.
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La religión griega, como define D. Sabbatucci “es original pero no originaria”. En ella confluyen elementos pregriegos mediterráneos, indoeuropeos y orientales, recibiendo ésta una estructura y una concepción propia, cuya evolución y desarrollo ha corrido un proceso paralelo a su evolución cultural e histórica.
La religión griega resulta, pues, original en su confrontación con las religiones mediterráneas pero no es precisamente la homogeneidad su característica, sino por el contrario, la multiplicidad y complejidad de sus manifestaciones, debido en gran parte, a la pluralidad histórica y política de su ciudades.
Tal vez puedan considerarse como caracteres comunes de la religiosidad de los griegos su concepto de la divinidad, de la naturaleza humana y de las relaciones y las limitaciones entre lo humano y lo divino.
Aun así, estos conceptos han de sufrir muchas puntualizaciones a lo largo de la evolución histórica, cultural y geográfica del mundo griego.
Desde la “Teogonía” de Hesíodo a las corrientes filosóficas posteriores, los planteamientos sobre la realidad humana, la divinidad y el concepto del mundo se modifican, estableciéndose las diferencias entre lo mítico (“Mitos”) y lógico (Logos), y lo práctico, lo sacro y lo profano, en donde se desenvuelve toda la vida griega.
Algunos de los grandes dioses del panteón griego post-homérico, son: Zeus, Hera, Poseidón, Artemisa, Dioniso y Hermes. Siendo Zeus el dios supremo.
La religión y sus actividades culturales, estaban presentes en todas las escalas de la vida griega. Desde las grandes manifestaciones religiosas oficiales a las más íntimas y personales.
La religión “oficial” griega se mostraba poco atrayente a la espiritualidad popular, distante a sus preocupaciones y lejana a sus necesidades.
Tal vez por ello, surgieron otros cultos y doctrinas que pudieran llenar ese vacío religioso, cubrieran estas exigencias espirituales y además ofrecieran una relación más directa e íntima entre el individuo y la divinidad.
Fueron cuatro divinidades en las que, primordialmente, los griegos buscaron tales anhelos espirituales (Zeus, Apolo, Deméter y Dioniso), como: la esperanza en la vida de ultratumba y el consuelo en esta vida, mediante la relación con la divinidad.
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HERÓDOTO DE HALICARNASO (484-425 a. C.).-

Su magna obra “Historia Universal”, distribuida en nueve libros desde época alejandrina, en dialecto jónico es el primer libro griego en prosa que nos ha llegado intacto. Con la justificación de relatarnos el conflicto entre Grecia y Persia, se extiende a una serie de narraciones sobre costumbres, acontecimientos y episodios de personajes y lugares relacionados con el tema central que llega a ser la excusa o el hilo conductor de las mismas.
El resultado es mucho más que un relato de las causas y acontecimientos de un simple conflicto. Es más bien una descripción global del mundo que Heródoto llegó a conocer por sus relaciones o por su actividad viajera: Egipto y Cirene en el norte africano, Tiro, Mesopotamia hasta Babilonia en Oriente Próximo, el Mar Negro y Crimea, norte del Egeo y las principales ciudades de Asia Menor y Grecia, finalmente el sur de Italia donde se estableció.
Aunque su obra, inconclusa carece de organización coherente y metódica tiene el indudable mérito de ser el primer intento de realizar una historia global del mundo conocido, aunque en muchas ocasiones se quede en una descripción geográfica enriquecida con relatos y costumbres de los distintos lugares.
También hay que añadir entre los méritos de Heródoto su apertura hacia otras culturas, que le supuso ser llamado “barbarófilo”. Transmite en su narración las diferencias sociales y políticas existentes en las mismas: la ciudad-Estado y el Imperio, el régimen de ciudadanía y los despotismos del Oriente Próximo.
No se limita el mérito de la obra de Heródoto a ser la primera “Historia total”. Su narración fluida y viva, y sus descripciones y comentarios críticos, tienen un indudable encanto, que le hace ser una de las lecturas más amenas y bellas de la literatura universal.
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LIBIA Y LOS LIBIOS, EN EL I MILENIO ANTES DE NUESTRA ERA

Según el texto extraído de los libros III –IV, de la “HISTORIA” de Heródoto, hay distintas tribus “indígenas” establecidas en el territorio de Libia. En primer lugar, cita a los adimáquidas, que se extienden a partir de Egipto, hasta el puerto de Plino.
Según el autor, son los primeros habitantes de esta zona, teniendo costumbres egipcias, aunque llevan la misma indumentaria que los demás libios. Sus mujeres, llevan en cada pierna una ajorca de cobre; cabello largo, y se “desparasitan” unos a otros (siendo los únicos libios que hacen esto). También es privativo de esta tribu, el hecho de presentar al rey a las doncellas que van a contraer matrimonio, para ser desfloradas por él.
Próximos a los adimáquidas, están los giligamas, que ocupan el territorio hasta la isla Afrodisíade, en cuya parte central se halla la isla de Platea, que colonizarán los cireneos. Este pueblo tiene costumbres muy similares a las de los restantes libios.
Al oeste de los giligamas, y al sur de Cirene, se encuentran los asbistas. Son los libios más aficionados a montar en cuadrigas; se dedican a imitar la mayoría de las costumbres de los cireneos.
Al oeste de los asbistas y al sur de Barca (que llegan hasta el mar a la altura de Tauquira), lindan los ausquisas. Tienen las mismas costumbres que los libios que residen al sur de Cirene.
Al oeste de los ausquisas, vive uno de los pueblos más importantes, los nasamones, que dejan sus rebaños cerca del mar y suben al oasis de Augila para recolectar dátiles. También cazan langostas, que trituran y espolvorean sobre la leche, después de haberlas secado al sol.
Cada hombre tiene varias esposas, pero copulan con las mujeres “a discreción”, plantando previamente un bastón ante cualquier lugar, de modo similar a los maságetas.
Cuando un nasamón se casa por primera vez, siguiendo la costumbre, la novia debe pasar por las manos de todos los convidados, entregándose a ellos. Recibiendo posteriormente el regalo que éstos habían traído para la ocasión.
Cuando los nasamones quieren hacer un juramento, lo hacen por los personajes más valientes y ecuánimes, poniendo la mano sobre sus tumbas. También acuden a los sepulcros de sus antepasados, acostándose sobre ellos, para recibir mediante sueños, las respuestas relacionadas con las artes adivinatorias.
Para concertar cualquier acuerdo, entre dos nasamones, cada uno debe beber de la mano del otro. Si no disponen de ningún líquido, cogen polvo del suelo y lo lamen.
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Al lado de los nasamones, habitaban los psilos, que fueron totalmente aniquilados como consecuencia de la falta de agua en su territorio, pues sus depósitos de agua fueron secados por los vientos del sur. Por ello, son los nasamones quienes ocupan su territorio.
Al sur de los nasamones, en la región de las fieras, viven los garamantes. Tribu pacífica, ya que no poseen ningún arma de guerra y no saben defenderse, por ello rehuyen a todas las personas y a la civilización en general.
Al oeste de los nasamones, lindan los macas, que llevan a la guerra escudos de pieles de avestruces y se cortan en pelo como si fuera un penacho.
Al lado de éstos últimos, habitan los gindanes, cuyas mujeres llevan alrededor de los tobillos numerosas ajorcas de piel, que simbolizan el número de hombres con los que ha mantenido relaciones. La mujer de más valía, es la que más ajorcas lleva. A partir del país de los gindanes, hay un promontorio que penetra en el mar, ocupado por los lotófagos, que se alimentan únicamente del fruto del loto (semejante a los dátiles), con cuyo fruto también hacen vino.
Próximos a los lotógrafos, por la costa, extendiéndose hasta el río Tritón, viven los maclies, que también utilizan el loto, en menor medida que éstos. Los maclies se dejan crecer el cabello en la parte posterior de la cabeza. De forma contraria a los auseos, que habitan a orillas del lago Tritónide, y se dejan crecer el cabello en la parte frontal. Sus doncellas (divididas en dos bandos) luchan entre sí con piedras y garrotes, con motivo de la festividad anual en honor de Atenea. A las doncellas que mueren a consecuencia de las heridas, las tildan de falsas doncellas.
Antes de iniciar la lucha, hacen una procesión alrededor del lago, con la doncella más hermosa ataviada con un yelmo corintio y una panoplia griega. Antes de que los griegos se establecieran en sus proximidades, posiblemente la debían ataviar con armas egipcias pues, según Heródoto, tanto el escudo como el casco han llegado a Grecia procedentes de Egipto.
Los auseos, gozan de las mujeres a discreción, aunque no están casados con ellas, apareándose con ellas del mismo modo que las bestias.
Estos pueblos son los libios nómadas de la costa. Tierra adentro, al sur de los mismos, Libia está llena de fieras. Al sur de esta zona, una faja de arena que va desde Tebas de Egipto hasta las Columnas de Heracles, hay unas lomas de sal de las cuales brota agua dulce y fresca. Alrededor de esos manantiales, residen los últimos habitantes en dirección al desierto: los amonios.
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Dicho pueblo posee un santuario inspirado en el de Zeus Tebano, y un manantial de agua dulce conocido con el nombre de Fuente del Sol, cuya agua varía de temperatura a lo largo del día, haciéndose fresca al mediodía y extremadamente caliente a la medianoche.
A unos diez días de camino del oasis de Águila, habitan los garamantes (pueblo muy importante). Para sembrar sus campos, echan una capa de tierra sobre la sal. En sus tierras se encuentra la raza de los bueyes que pacen retrocediendo, para evitar que sus enormes cuernos curvados choquen contra el suelo.
Los garamantes utilizan sus cuadrigas para cazar etíopes trogloditas (los hombres más rápidos del mundo, a la carrera), que se alimentan de serpientes, lagartos y otros reptiles similares; emiten unos chillidos como los murciélagos.
Los atarantes, habitan otra de las lomas de sal. Según Herótodo, éstos individuos son los únicos hombres del mundo que carecen de nombres propios. Estos individuos maldicen al sol cuando quema en exceso.
En el Monte Atlas, viven los talantes, que no se alimentan de ningún ser vivo, ni tienen visiones en sueños.
Más allá de los talantes, Heródoto afirma que a intervalos de diez días de camino, hay un yacimiento de sal y gentes que lo habitan. Cuyas casas están construidas con bloques de sal, puesto que en esas regiones de Libia ya no llueve.
Al sur de Libia, el terreno es desértico, carece de agua, lluvia y árboles. No habiendo en su extensión el menor rastro de humedad.
Desde Egipto hasta el lago Tritónide, los libios son nómadas que comen carne y beben leche, pero no prueban la carne de vaca y tampoco crían cerdos.
Al oeste del lago Tritónide, los libios ya no son nómadas, no tienen las mismas costumbres y no hacen con los niños lo que suelen hacer los nómadas. Los libios nómadas, cuando sus hijos alcanzan la edad de cuatro años, les cauterizan las venas de la coronilla, para evitar que la flema que baja de la cabeza les cause problemas. Ya que gracias a esta operación, gozan de una salud excelente, considerándose los hombres más sanos del mundo.
Solo consagran sacrificios al sol y a la luna. Los que habitan a orillas del lago Tritónide, los ofrecen sobre todo a Atenea, y en segundo lugar, a Tritón y Posidón.
Los griegos han adoptado la indumentaria y las égidas de las imágenes de Atenea de las mujeres libias. Han aprendido de los libios a uncir juntos tiros de cuatro caballos.
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Los nómadas entierran a sus muertos igual que los griegos, a excepción de los nasamones, que los entierran sentados. Sus viviendas están construidas con tallos de asfódelo entrelazados con juntos y son portátiles.
Al oeste del río Tritón, lindando con los auseos, habitan unos libios que ya se dedican a labrar la tierra y suelen tener casas: son los maxies. Estas gentes, se dejan crecer el pelo en la parte derecha de la cabeza, afeitándose la parte izquierda. Asimismo se embadurnan el cuerpo con minio.
Este territorio es más boscoso y está más habitado por fieras, que la zona de los nómadas, que se dan animales como: antílopes de grupa blanca, gacelas, búfalos, asnos que no ingieren líquidos, origes, zorros de pequeño tamaño, hienas, carneros salvajes, panteras, chacales,...
La zona oriental de Libia es, hasta el río Tritón, baja y arenosa, mientras que la zona occidental (la de los labradores), es sumamente montañosa, rica en bosques y fieras (leones, serpientes gigantescas, elefantes, osos, áspides, asnos cornudos, seres con cabeza de perro, seres sin cabeza que tienen los ojos en el pecho, hombres y mujeres salvajes,....).
Con los libios maxies lindan los záveces, cuyas mujeres son quienes conducen los carros a la guerra. Con ellos lindan los gizantes, que se embadurnan con minio y comen carne de mono (pues en sus montañas es un animal muy abundante). Sus abejas producen abundante miel.
Frente a su territorio, se encuentra la isla de Círavis, que está llena de olivos y de viñas. En ella hay un lago del que las muchachas sacan pepitas de oro. Según los cartagineses, en Libia, cerca de las Columnas de Hercules, hay un lugar habitado por unos indígenas, en cuyas playas descargan sus mercancías alineándolas a lo largo de la playa, volviendo a embarcarse en sus naves y haciendo señales de humo. Los indígenas, al ver el humo, acuden a la orilla del mar dejando oro como pago de las mercancías y alejándose posteriormente de las mismas.
Los cartagineses, desembarcan y examinan el oro; si les parece un justo precio por las mercancías, lo cogen y se van; si por el contrario no les parece justo, vuelven a embarcarse para que los indígenas añadan más oro para igualar el valor de las mercancías. Ni los indígenas tocan las mercancías, ni los cartagineses tocan el oro, hasta que a ambos les parece justo el intercambio.
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Según Heródoto, estos son los pueblos libios que puede citar. Hay dos pueblos autóctonos (libios y etíopes), que habitan al norte; mientras que otros dos no lo son (griegos y fenicios), que habitan al sur de Libia.
Por su feracidad, a juicio del autor, Libia no es un territorio digno de ser comparado con Asia o con Europa; a excepción de Cínipe que iguala a la mejor región en la producción del fruto de Deméter y no se parece lo más mínimo al resto de Libia.
Por su parte, las tierras de la región de Cirene, que la más elevada de esa zona de Libia, ocupada por los nómadas, tiene una gran producción agrícola, siendo la zona costera la primera en estar a punto para la recolección y la vendimia. Esta ciudad fue sitiada por Barca.

"SIGÜENZA EN LA BAJA EDAD MEDIA", por Rosa Serrano Pozuelo


SIGÜENZA EN LA BAJA EDAD MEDIA
Rosa Mª Serrano Pozuelo
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ÍNDICE
1.- ANTECEDENTES HISTÓRICOS DE SIGÜENZA…………………………… 3
2.- SIGÜENZA EN EL S. XII……………………………………………………… 5
2.1. Fueros y privilegios otorgados a los pobladores
del señorío episcopal seguntino…………………………………………….. 7
2.2. El poder episcopal en la Sigüenza bajomedieval……………………….. 9
2.3. Delimitación geográfica del señorío seguntino…………………………. 11
2.4. El concejo de la ciudad…………………………………………………. 11
2.4.1. Composición del concejo……………………………………... 12
2.4.2. Funciones del concejo en la administración ciudadana………. 13
3.- BIBLIOGRAFÍA …………………………..…………………………………… 14
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1.- ANTECEDENTES HISTÓRICOS DE SIGÜENZA.
Para hablar de los primeros asentamientos de la ciudad de Sigüenza, debemos retrotraernos a miles de años, pues en ella se han encontrado restos del Neolítico y abundantes testimonios de la Edad del Hierro.
Ya en el S. V a. C., aparece el término Segontia, que significa “la que domina el valle”, y hace referencia a una de las ciudades más fuertes e importantes de los celtíberos. Dicha ciudad, estaba situada en la cima de la ladera derecha del río (en la parte más elevada de la orilla frontera). Allí se encontraron restos de fortificaciones y objetos de la cultura celtíbera.
Posteriormente, en el S. III a. C., los cartagineses invaden España y las tropas de Aníbal asediaron la ciudad de Segontia, que volvería a ser atacada nuevamente por las tropas de Asdrúbal, unos años después.
Las campañas romanas contra la Celtiberia, consiguieron la rendición de las poblaciones arévacas, entre las que se encontraban: Numancia, Termes, Uxama y Segontia, implantándose en esta última el dominio político (y escasamente cultural) de la Roma imperial. Tras éstas campañas, la antigua ciudad y castro quedaron despoblados, quedando dividida la ciudad en dos partes:
1.- Sigüenza militar: formada por el Castro o fortificación romana, sobre el lugar
donde hoy se coloca el castillo.
2.- Sigüenza residencial: Ubicada a lo largo de la orilla del Henares. Allí crecieron las quintas romanas, estancias y granjas, y el poblado de las gentes hispanoromanas (fácilmente cristianizadas), que levantaron su primer templo o basílica entre las huertas.
Durante los siglos que abarca la “paz romana”, Sigüenza comienza a tomar relevancia, pues ocupa un lugar estratégico en el cruce de las vías romanas más importantes, que unían Emérita Augusta con Caesaraugusta.
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Consecuentemente, el tráfico de gentes, ejércitos, comercio y noticias, hicieron crecer a Sigüenza y afianzar su importancia en todo el valle alto del Henares.
De la época visigoda, por el contrario, apenas quedan restos; aunque se cree que la fortaleza alta seguiría ocupada, al igual que se mantendría la población existente en la ciudad, próxima al río.
Debido al gran apogeo que experimentó la ciudad, fue necesaria la presencia de un obispo que gobernase a su población y la de su comarca. Sabemos que en el año 589, un obispo de Sigüenza llamado Protógenes, asiste al Concilio de Toledo1, por lo que se considera que desde éste momento se afirmó la tradición episcopal de la ciudad.
Pero el período de esplendor y gloria de la ciudad seguntina no duraría eternamente ya que, durante la invasión y ocupación árabe, la ciudad quedó paralizada así como su incesante crecimiento económico y demográfico. Tras esta ocupación, la población hispano-romana no desapareció del todo, pues un escaso grupo de mozárabes continuó habitando estas tierras. Entretanto los árabes se limitaron a permanecer en la tradicional fortaleza y cumplir con la misión estratégica de vigilar el valle. Aunque algunos autores afirman que no se ha hallado ningún tipo de resto árabe en Sigüenza2.

1 Herrera Casado, A.: “Sigüenza, una ciudad medieval”
2 Ibídem
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2.- SIGÜENZA EN EL S. XII.
La historia conocida de la ciudad de Sigüenza comienza en los albores del S. XII, con la Reconquista cristiana. Hecho que se produce porque el reino castellanoleonés necesita expansionarse hacia el sur, intentando llegar hasta la frontera del Tajo, una vez atravesada la del Duero, para adueñarse y poblar la transierra castellana.
Para ello, el rey Alfonso VII, entrega el obispado de la ciudad, que aún estaba en manos árabes, a un eclesiástico aquitano, Bernardo de Agén, guerrero, culto y con dotes de organización, que se encarga de reconquistar la ciudad hacia 1109. A partir de esta fecha, Sigüenza inicia su andadura histórica completa.
La antigua ciudad episcopal de Sigüenza estaba en declive, amenazando ruina, pudiendo ser esta una de las razones que impulsaron a su obispo a intentar recuperar la capital de su diócesis.
Es muy conocido el hecho de la gran importancia que tenía la élite eclesiástica española durante la Reconquista, así como el interés de los reyes en crear nuevas sedes episcopales, a medida que esta avanzaba y, a veces, anticipándose a ella. Lo que provoca la proliferación de nuevas sedes, con un doble objetivo: la extensión de la religión católica y el afianzamiento y defensa de las tierras recién reconquistadas, que se ponían bajo la protección de sus obispos, para quienes la posesión de su diócesis tenía un interés tanto religioso como económico.
Según la tradición local, la reconquista de Sigüenza tuvo lugar el 22 de enero de 1124. Pero, tras estudios documentales posteriores, podemos concluir que la fecha exacta fue el 22 de enero de 1123.
El obispo don Bernardo debió comenzar por reconstruir las cercanías del castillo, levantando nuevas murallas tras las que poder defenderse de un posible ataque de los moros. La repoblación de la ciudad comenzó inmediatamente después de su reconquista con gentes venidas de Medinaceli, Santiuste y Atienza, en virtud de privilegios otorgados al obispo por Alfonso VII.
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La posesión y señorío de la ciudad, le fue concedido al obispo don Bernardo en dos etapas:

- En 1136, le otorgó el señorío de lo que los diplomas llaman “segontia inferior” o de la catedral.
- En 1146, la posesión de la “segontia superior” o del castillo. El castillo y la catedral fueron desde ahora los dos núcleos de población de la Sigüenza medieval.

La antigua “Medina” hispano-cristiana y mozárabe, fue atraída por la catedral y en el lugar de su iglesia-basílica se alzó una iglesia fortificada que quedó aislada, sin reunir población a su alrededor. En la ciudad alta entorno al castillo, se establece la residencia oficial del Obispo y, en la parte baja, se levantará posteriormente la nueva catedral, que servirá de sede al recién restaurado obispado.
En el año 1138, el rey Alfonso VII entrega el señorío temporal de la ciudad al Obispo y a su Cabildo de clérigos. Con esta donación, el rey extiende una Carta-Puebla (o pequeño fuero) a la ciudad, con el fin de estimular el asentamiento de nuevos colonos y conseguir la repoblación rápida del burgo.
A pesar de la concesión real de cien familias para repoblar la “Segontia inferior” o de la catedral, este núcleo de población no había logrado congregar sino un escaso número de vecinos, muy inferior al del castillo, por lo que el sucesor de don Bernardo, don Pedro de Leucata (1152-1156) ordenó que parte de los pobladores de la Sigüenza alta descendiera a un lugar más cercano a la catedral. Con esta finalidad, dicho obispo, hizo construir en las cercanías de la actual Plaza Mayor, un nuevo barrio que se extendía por el oeste desde el Arquillo de la Travesaña Alta hasta la rinconada del Peso, siendo su centro la iglesia de Santa Cruz, emplazada en el lugar donde luego estuvo el Posito.
Durante muchos siglos, la historia de Sigüenza está marcada por la de sus obispos que, junto con el Cabildo de la Catedral, ejercen el mando espiritual de una amplia y riquísima diócesis; y el señorío temporal de una ciudad cada vez más importante, rodeada de un territorio bien fortificado. El Obispo establecía normas, ejercía la justicia y nombraba autoridades del Concejo, tanto en la ciudad como en su alfoz.
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Esta preeminencia del poder eclesiástico sobre la ciudad de Sigüenza duró hasta el S. XIX, sin apenas ser ensombrecido por el de algunos hidalgos llegados a la ciudad y el del Concejo que, tímidamente, fue consiguiendo ciertas atribuciones jurídicas.
La población quedó relegada a un servicio diverso hacia los eclesiásticos, dedicándose casi en exclusiva a la agricultura y la ganadería y, excepcionalmente, al comercio de productos básicos que era controlado simultáneamente por el Obispo y el Concejo.

2.1. Fueros y privilegios otorgados a los pobladores del señorío episcopal seguntino.
Como consecuencia de la reconquista y pacificación completa de Sigüenza y su comarca por el obispo D. Bernardo, el rey concedió a dicho obispo, por derecho de conquista, el señorío seguntino.
El documento de fundación del señorío episcopal seguntino data del 16 de septiembre de 1138,3 siendo expedido en Almazán por el rey Alfonso VII. En esta Cédula Real se concede y otorga a D. Bernardo y a sus sucesores el lugar en que está edificada la iglesia, la catedral de Sigüenza.
14 de mayo de 1140, el rey confirma al obispo el señorío sobre las familias que se habían establecido junto a la catedral. Concediéndole el burgo bajo de Sigüenza, ubicado alrededor de la primitiva catedral románica. Esta donación se hace otorgándole las facultades que normalmente eran propias de la autoridad real.
El rey concede al obispo cien familias para la repoblación de la ciudad y defensa del nuevo señorío, con la facultad de que pueda devastar y conquistar las tierras vecinas, aún en poder de los moros, como es el caso de Algora y Torresaviñán. A partir de este momento la autoridad señorial, otorgada en 1138 únicamente al obispo, se hace extensiva al cabildo catedral, quedando así el señorío bajo una autoridad bicéfala obispo-cabildo.

3 BLÁZQUEZ GARBAJOSA, A.: “El señorío episcopal de Sigüenza”, Guadalajara, 1988.

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El rey concede a los súbditos de este señorío el Fuero de Medinaceli y otros privilegios importantes, siendo objeto de estas donaciones únicamente la parte inferior de la ciudad, quedando fuera de la potestad señorial la parte alta de la ciudad, al amparo del castillo.
Cuando se construyó la catedral en la falda de la montaña, entre los dos núcleos de población, cerca de la catedral-ciudadela, ambas aglomeraciones quedaron formando un solo cuerpo.
Pero no será hasta 1146 cuando se pueda hablar con propiedad de señorío episcopal en Sigüenza, pues es a partir de esta fecha cuando los dos núcleos primitivos de población se unen administrativa y judicialmente en uno sólo: la ciudad de Sigüenza.
A partir de entonces los obispos habitaron el castillo de la ciudad, como signo de su señorío sobre ella.
El poder señorial se limita a una potestad civil y jurisdiccional, gozando de toda la autoridad que el rey ha delegado sobre él, pero que no se extiende a la posesión de todas las tierras de señorío, lo que influye enormemente en el tipo de relaciones señorvasallo.
Se instaura así un señorío de tipo jurisdiccional, donde el señor detenta la plena autoridad jurídico-administrativa sobre sus súbditos, pero éstos conservan en su totalidad la propiedad plena de sus bienes muebles y raíces. Por dicha cédula de donación, se somete así a los habitantes a la dependencia vasallática, en su aspecto jurisdiccional, a pesar de que también se les otorga una serie de privilegios de distinto orden y de naturaleza diferente. Unos van dirigidos a fomentar y acelerar la repoblación y colonización de la ciudad y su tierra (concediendo ventajas materiales a quienes quisieran ir a participar en la obra de restauración del nuevo señorío). Otros van a favor de los repobladores, prohibiendo al obispo que impida el asiento en la ciudad a los repobladores que no poseyeran hacienda propia anterior. Concediendo a los repobladores y a los habitantes del burgo seguntino la propiedad privada de las tierras de barbecho que cada cual pudiera cultivar.
Junto a estas franquicias de orden personal encontramos otras de tipo colectivo, como es la concesión a los habitantes del fuero de Medinaceli de la limitación a la potestad absoluta del obispo. Otorgando un cuerpo jurídico al que referirse en los pleitos que puedan suscitarse, sin quedar a la merced de la voluntad y decisión señoriales.
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Poco después de reconquistada Sigüenza, Alfonso el Emperador concede notables privilegios a las familias de Medinaceli, Atienza y Santiuste que quisieran ir a repoblar Sigüenza, por entonces casi desierta.
A través del fuero de Sigüenza descubrimos la vida sencilla y primitiva de este pueblo, que en el siglo XII se intentaron recopilar los usos y costumbres antiguas de los concejos abiertos, en fórmulas jurídico-penales.
Lo que es innegable es la fuerza organizadora que tenían estos fueros en aquel caos de los comienzos de la civilización moderna, sirviendo su mismo desorden como resorte y estímulo para que los monarcas posteriores intentasen dar a sus vasallos una organización jurídica más perfecta y ordenada.

2.2. El poder episcopal en la Sigüenza bajomedieval.
Teniendo en cuenta la capital importancia del poder episcopal en Sigüenza, a lo largo de la historia de la ciudad, o al menos hasta bien entrado en siglo XIX, no podemos hablar de un poder seglar coetáneo; pues resultaba inexistente hasta el siglo XIII, época en la cual comienzan a darse las primeros intentos de sublevación ante el poder eclesiástico, por parte de los nuevos señores de la ciudad.
Algunos de los obispos bajomedievales más importantes, que ostentaron el señorío de la ciudad y su alfoz, así como el gobierno de la diócesis son:
- Bernardo de Agén (1123-1152)
- Pedro de Leucata (1152-1156)
- Cerebruno (1156-166).
- Martín de Finojosa (1186-1192)
- Simón Girón de Cisneros (1300-1326).4

4 HERRERA CASADO, A.: “Sigüenza, una ciudad medieval”, Guadalajara, 1991
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Se hace pertinente realizar una breve aclaración con respecto a los términos diócesis y señorío, para indicar que cuando hablamos de diócesis, nos referimos a la entidad eclesiástica –anterior a la Reconquista-, nacida de una división territorial puramente eclesiástica. Por el contrario, el señorío lo es puramente civil, por concesión real.
La diócesis de Sigüenza se extiende, en principio, por el bajo Aragón hasta el Duero (en Osma) y hasta el Tajo (por Cifuentes y Molina). Para defender éste territorio, los obispos de Sigüenza formaron una frontera con sus castillos y fortalezas, de los cuales eran propietarios. Algunas de estas fortalezas eran: la Riba de Santiuste, Peregrina, Fragosa y la Torresaviñán.
El obispo –como autoridad eclesiástica- es el jefe o pastor supremo de toda la diócesis, con inclusión del señorío, pero no tiene facultades jurisdiccionales civiles sobre sus diocesanos. Pero en su faceta de señor el obispo encarna, sólo en su señorío, a la vez la potestad eclesiástica y civil, delegada por el rey, ejerciendo prerrogativas jurisdiccionales. Obispo y señor son dos poderes distintos, aunque encarnados en este caso en una misma persona. En el caso del obispo-señor la potestad eclesiástica representa, en cierto modo, la causa profunda de la donación señorial: al jefe religioso se le concede una potestad civil en la ciudad cabeza de su obispado, aumentando así su
prestigio y engrandeciéndolo a la vista de sus feligreses.
La creación del condominio señorial de la ciudad entre obispo y cabildo pudo deberse a diversas razones, pero cabe destacar el hecho de que el cabildo representaba la asamblea suprema diocesana, y en unión con el obispo regía los destinos de la diócesis.
Pasando el cabildo a tener competencias de carácter consultativo y administrativo, representando un grupo de consejeros que, bajo la dirección del obispo, velaban por el orden y perfecta administración de la diócesis. Otra de las posibles razones para la creación del condominio señorial sería la prerrogativa que les permitía elegir a los obispos sucesores, cuando quedaba vacante la silla episcopal. Desde el siglo XII al XIV, fue el cabildo seguntino quien eligió a los sucesivos obispos que gobernaron el señorío.
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2.3. Delimitación geográfica del señorío seguntino.
No hay ningún documento en el que se expresen con precisión los límites geográficos de dicho señorío.
Se trata de un señorío reducido en extensión, comparado con otros señoríos episcopales como Santiago, Toledo o con las tierras jurisdiccionales que lo rodeaban, y que determinaron su expansión, quedando así configurado formando un islote rectangular, territorialmente homogéneo, limitado por las tierras jurisdiccionales de Atienza por el norte, sur y oeste y al este por las de Medinaceli.
La importancia territorial del señorío episcopal seguntino es pequeña, pero su potencial económico es muy superior al de todas las tierras jurisdiccionales vecinas; ya que los reyes concedieron al obispo diferentes rentas reales en diversos lugares.

2.4. El concejo de la ciudad.
Sigüenza estaba gobernada en lo civil por un concejo, que tenía a su cargo la administración ordinaria de la ciudad y sus aldeas.
En los pueblos de realengo, estas justicias eran nombradas por el rey o sus representantes regionales, en las ciudades y villas importantes. En cambio en los pueblos de señorío, el nombramiento de los magistrados municipales pertenecía generalmente al señor, quien los designaba ya directa y personalmente, sin intervención alguna del pueblo o del concejo, confirmando la elección llevada a cabo por los propios lugareños en concejo abierto.
Existían 3 modalidades en el nombramiento de cargos municipales:
1. Designación directa por parte del señor o su representante de todos los cargos municipales anejos al título de señorío y cuyo número podía ser muy variable.
2. Propuesta de candidatos por parte de los lugareños y elección o confirmación por parte del señor.
3. Elección de cargos concejiles directamente por el concejo, sin intervención alguna del señor. Esta modalidad era una excepción, pues eran rarísimos los pueblos de señorío en que era utilizada.
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Desde 1146, año en que los dos núcleos independientes de población que se alzaban a una y otra parte de la catedral seguntina se vieron unidos en un solo concejo, el obispo nombró los diversos cargos municipales. El obispo elegía, ya desde el siglo XII, todos los cargos concejiles, inclusive el de representante del propio concejo.
El 6 de enero de 1331 Alfonso XI dictó una importante sentencia sobre el señorío en Sigüenza, que representa la verdadera y definitiva organización jurídica respecto a la elección de justicias municipales en el señorío seguntino.
Tras confirmar que Sigüenza y sus términos pertenecen al obispo y cabildo y fijar los pechos y derechos reales cobrados por éstos, el rey reglamenta la organización y elección de las justicias municipales.
Hay que distinguir tres casos en el nombramiento de justicias municipales:
a) El nombramiento ordinario y anual en los períodos de sede plena.
b) El motivado por la toma de posesión de un nuevo obispo.
c) El subsiguiente a la muerte o traslado del prelado, con el consiguiente traspaso de la autoridad señorial plena al cabildo como condómine.

2.4.1. Composición del concejo
A partir del siglo XII, el municipio era ya una entidad de derecho público, con jurisdicción y autonomía, constituida por el concejo local y regida y administrada por sus propios magistrados y oficiales. Queda clara la existencia de esta entidad municipal en Sigüenza en la carta de Alfonso el Emperador en 1146 por la que se otorga al obispo el burgo alto y el castillo de dicha ciudad, en cambio de Caracena y Alcubilla.
Por este documento, los dos núcleos primitivos e independientes de población quedan unidos bajo una única administración municipal.
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Durante toda la baja Edad Media, y hasta finales del siglo XV, a la cabeza de los municipios castellanos solía haber un juez que era el jefe político y judicial del concejo.
Como autoridades judiciales subordinadas al juez existían los alcaldes, quienes tenían a su cargo la administración ordinaria del municipio. A las órdenes de estos magistrados superiores, había “aportillados”, por tener a su cargo un oficio municipal (o portiello) determinado.
Entre los cargos municipales hay que destacar los de: merino o intendente, almotacén, notario o escribano, pregoneros y alguaciles. Es de lamentar el hecho de que en Sigüenza no hay ninguna nómina completa de cargos municipales de los siglos XII, XIII y XIV, debiendo esperar hasta finales del S. XV para encontrar tales nóminas.
La organización concejil seguntina parece, pues, haber seguido el modelo general de los reinos de Castilla y León (manteniéndose tal organización hasta finales del siglo XV época en la que el cardenal Mendoza llevó a cabo la reforma de la administración municipal de Sigüenza).

2.4.2. Funciones del concejo en la administración ciudadana.
Hasta finales del siglo XV el régimen municipal seguntino fue el de concejo abierto o asamblea general de vecinos, en el que se discutían y adoptaban democráticamente las decisiones administrativas tocantes a la vida ciudadana en general. Estos concejos abiertos se reunían “a campana repicada” en la iglesia de Santiago.
A finales del siglo XV, el cardenal Mendoza, en su reforma de la administración municipal de la que ya hemos hablado, suprimió el concejo abierto (siguiendo la línea general de los demás municipios castellanos en los que ya desde comienzos del siglo XV tales concejos abiertos habían perdido mucho de su antiguo carácter popular), siendo suplantados poco a poco por los concejos restringidos o cabildo municipal.
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